La primera vez que vine a Valencia, probablemente por error, me dieron una habitación cojonuda. Desde entonces siempre hago lo mismo, llego, doy mis datos, subo a la habitación, compruebo que no es ni mucho menos tan cojonuda, bajo y digo:

– Hola, mira, la habitación que me habéis dado es mucho peor que la de otras veces, no es que esté mal… está bien, pero claro… ¿No sería posible una habitación similar a la del año pasado?

Y siempre es posible, y me dan una habitación de la hostia, con un tatami en el que hago mis estiramientos de espalda por la mañana.

El hotel está lejos del centro y muy cerca de la Universidad, del Politécnico como lo llaman ellos, y voy andando.

En el camino siempre tengo la sensación de que puedo morir de varias formas distintas antes de llegar a mi destino. Atropellada por una bicicleta, atropellada por un coche, atropellada por un tranvía, y otra vez, atropellada por un tranvía, atropellada por un coche y de nuevo por una bicicleta.

Cuando llego a la acera opuesta, celebro seguir con vida al ritmo de la canción de Rocky. Ando hasta un cartel gigante de un toro, porque  en la Escuela de Arquitectura de Valencia descansa tan alegre un cartel del toro de Osborne, lo que me hace pensar que esta es sin duda una gran Escuela.

Saludo cariñosamente a las bibliotecarias y a los alumnos a los que reconozco, y reconozco a muchos, y muchos más me reconocen a mí. Eso me gusta la verdad. Me sitúa. Como me pasa a veces cuando fumo. Fumo porque me sitúa en unas coordenadas X, Y Z en un tiempo concreto que es el que sea. Me cuesta bajarme a la realidad y establecer todos los convenios sociales establecidos y desearía ser invisible para seguir en mis cosas, pero mierda! no lo soy, y la gente me pregunta cosas porque me ven y les respondo y está bien y eso y otras veces me siento una farsante porque no me interesa nada y tiene que parecer que sí porque me hablan las personas y les respondo porque no soy invisible y yo querría estar a mis cosas y no a las cosas de los otros  o a las cosas  de nadie o de las propias cosas, sí a veces me pasa y por eso fumo, porque me sitúo y ya puedo ser visible, es como la pluma de Dumbo, o algo así.

E igualmente me sitúa reconocerme en lugares  en los que paso una semana cada seis meses. Me reconozco en las personas que me reconocen, en el camino que siempre es el mismo de ida y de vuelta con todas las posibilidades de ser atropellada, y en mi habitación cojonuda en la que ceno sola. Siempre pido abajo lo que sea, un bocadillo, un lo que sea y no espero, pido que  lo suban a la habitación 213. Ceno sola, me despierto sola, desayuno sola, como sola… pero con clase, en mi habitación cojonuda, en la 213.

Anuncios