Un viaje de dos semanas, un tren de cuatro horas, un señor a mi lado me habla durante tres de ellas. Me recuerda a mi padre. Se llama Antonio. Como mi padre. Me resulta entrañable y, a pesar de que no quiero que me hable más, también quiero darle un abrazo.

La tercera vez en esta pensión. Dos veces en la habitación 111, una vez en la 222. Siento por la pensión algo parecido a lo que siento por el señor Antonio del tren.  Miro la habitación, si hubiera venido un mono a dejar los muebles en mi habitación, es posible que le hubiera quedado sólo un poco peor. Intento mover la cama y pegarla a la pared, pero la cama no es mueble sino inmueble y me resigno. Quizá esté mejor así.

No tengo internet, no tengo tele y en realidad da igual porque estoy en Granada y sólo de pensarlo me entra la risa. ¿cuántas veces en Grananada? unas 15, quizá más. Aquí estoy una vez más, al lado del castillo rojo y si quiero puedo ir, si quiero hoy mismo, si quiero ahora mismo y sí! quiero, así que me voy. ¿Cuántas veces en la Alhambra? unas 15 o más.

Por los jardines veo a una pareja, él despliega todo su encanto y le dice a la chica que es “arquitectura de los sentidos” me sonrío imaginando la Alhambra con expendedores de condones.

No termino de pillarle el rollo a lo de las tapas con la cerveza, y al final siempre paseo borracha, ¿dónde me he dejado el vinilo que me he comprado?, sé que es por allí, pero cuando llego allí no es allí y se me cansan las piernas de tanto andar y sólo de pensar en volver a la pensión que está tan lejos. Coño aquí es! El camarero me ve y me da directamente mi vinilo, voy a pedir una caña o dos… que tengo hambre. Ya veré como llego luego, ya luego si eso lo pienso, si total está allí y mejor llenar el estómago un poco y desear la cama esa que está colocada en mitad de la habitación sin sentido ninguno en la habitación 222 de Granada.