Revivir el pasado, no en un viaje mental sino físico. Eso es para mí trabajar en la ETSAM.

El lugar en el que más he creado. El que más destructivo ha sido conmigo.

Delante de la cafetería, en mi puesto, recuerdo hacer fotos en B/N para una optativa y mirar proyectos entre donuts y cafés. Subir del museo con la cara negra de carboncillo y no sorprenderme de ver radiografías colgadas de los árboles.
Diez mil maquetas, con un millón de materiales. Y tantos fotomontajes, y antes de eso los collages porque hasta 5º yo no usé el ordenador. Lapiz lapiz lapiz, imágenes recortadas y fotocopiadas que componían otras imágenes.
Barcelona, San Sebastián, Roma y Berlín arquitectura a toda velocidad.
Novio, amigos, novio y amigos. Noches sin dormir… muchas. Tantas fiestas, erasmus pero sobretodo entregas. ¿Cuántos proyectos? ¿cuántos profesores? No me acuerdo de los profesores. No he olvidado ningún proyecto. Algunos los recuerdo con vergüenza, otros con cariño y otros con emoción, todavía hoy.

Un chico guapo se detiene delante de mi puesto y le pregunto ¿quieres que te cuente la oferta? Y quiere.

Deja unos dibujos sobre mi mesa. Los miro. Son regulares. Me confieso juzgando el nivel gráfico del chico, como lo hacía entonces y no me siento orgullosa de reconocer que un varón que no dibujase bien o que no destacara en proyectos no me resultaba una contraparte atractiva para el apareamiento.

Le eplico la oferta, coge el boletín y se va.

Diez horas diez paso en la ETSAM, casi como cuando estudiaba, sólo que ahora sin estudiar. Todo el tiempo en el mismo sitio. Cuesta no desesperarse. Para no hacerlo cambio literalmente mi escenario a diario. Aquí puedo hacer lo que quiera. Es mi casa. Un graffiti, una instalación con gafas y un lego de cajas de cartón.

Un chico, otro, se me acerca

– es un poco molesto

– pero, es bonito ¿no?

– Sí, pero ¿no te importa hacer cosas que molesten a la gente?

– Bueno, no es mi intención molestar, yo genero situaciones, a veces pueden ser molestas, pero entre que suceda y que no suceda, prefiero que suceda. Siempre, aunque moleste.

Cierro por hoy, cojo el metro con tantas personas tantas y una señora del este canta a capela con un micrófono. Me molesta, me pongo los cascos, pero me gusta que esté y que suceda y que me haga ponerme los cascos.

Llego a mi casa. Madrid, mi habitación.

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