En Valladolid me compré mis Martens por 20 euros. Este es el único lugar en el que, sin embargo, no llevo mis Martens.
En Valladolid hace más frío que en Madrid aunque el carácter pucelano es más cálido que el madrileño.
En Valladolid no conozco a nadie, igual que no conocía a nadie en La Coruña, y eso está bien porque gestionas tu viaje completamente, inventas el personaje que quieres ser. Y lo eres porque construyes las rutinas en lugares desconocidos y los haces sólo tuyos, o de tu personaje.

Supongo que detrás de una forma de ser existencialista se oculta la alegría de pensar que en ese lugar significas algo. De ahí la importancia de generar rutinas. Mi bar de mañana de barrita con tomate, mi paseo que empieza en mi bar de tarde de cervezas y pinchos y termina en mi bar de noche de más cervezas y más pinchos.
Supongo que detrás de una forma de ser existencialista se oculta el orgullo que me proporciona saber cómo se llega a los sitios sin mirar el plano. La plaza grande es la mayor, la menos grande la de España.
Supongo que mi forma de ser existencialista es la que me impulsa a volver del trabajo andando. Un cuarto de hora más o menos. Cruzo el puente y miro el Pisuerga que es marrón y aún así me parece bonito. Me gustan las ciudades que las corta un río, aunque sea marrón.

Paso mucho tiempo con Bolaño, ahora con “Consejos de un discípulo de Morrison a un fanático de Joyce”. Cuando llego al tercer capítulo que es de preguntas y respuestas, me dan ganas de abrazar a Bolaño, pero además de todas las hipotéticas dificultades físicas está esa otra imposibilidad metafísica, así que me quedo con las ganas.
Paso mucho tiempo en el mismo sitio y pienso en las frecuencias humanas. Yo soy testigo. Ritmos perfectamente acompasados que generan una malla de acciones simultáneas terroríficas. Las individuales comienzan con la hora en la que suena el despertador, el tiempo que uno le dedica a prepararse, el tiempo del desayuno. Al salir por la puerta empiezan las frecuencias sociales, empezando por los semáforos, que se encargan de ordenar posibles notas disonantes, entre masas de peatones y masas de vehículos, la hora del transporte público, la hora de entrada al trabajo, el descanso a media mañana, la hora de salida y otra vez semáforos. De pronto cien personas, de pronto ninguna. Yo soy testigo porque paso mucho tiempo en el mismo sitio.
Paso mucho tiempo fuera de casa hablando con personas distintas a las que les cuento lo mismo. Hoy 10 horas de hastío que no ha podido aplacar ni la mejor música ni el mejor Bolaño. Cuando todo termina estoy deseando volver a casa. Valladolid. habitación 302.