Ella, una mujer corriente. A lo mejor más pequeña y con la voz más aguda. A lo mejor con los ojos azules más bonitos que jamás yo he visto, pero, en cualquier caso, una mujer corriente.

Él, un hombre corriente. A lo mejor demasiado aficionado al Atleti. A lo mejor la persona más despistada que jamás yo he conocido, pero, en cualquier caso, un hombre corriente.

Dos niños, corrientes.

Una casa, corriente.

Un perro sin raza. Un perro corriente.

El hombre corriente se levantaba junto a su mujer corriente e iban juntos a su trabajo corriente y juntos comían comida corriente.

Él, en la mesa, recordaba historias corrientes de su infancia en Chamberí.

Ella le escuchaba y le decía que su vida corriente, era una vida feliz desde que le conoció.

Él la besó.

Ella lo besó.

Él la besó.

Ella lo besó.

Él la besó.

Ella lo besó.

Las calles corrientes que paseaban cada día de la mano parecían encantadoras porque las paseaban cada día de la mano. Cada día de la mano. Cada día de la mano.

Ella pequeña  le miraba con sus ojos azules y con la voz aguda le decía hay que hacer esto y esto y esto otro.

Él despistado lo olvidaba y lo olvidaba y la abrazaba y lo recordaba y lo hacía.

Discusiones no recuerdo.

Besos recuerdo miles.

Y yo para mí me pido una historia de amor así de corriente.