para la princesa IS(l)A, de la princesa feérica

Martín nació en una isla pequeña. Su madre, la princesa IS(l)A, le explicaba que el mundo no pertece a los humanos, sino al mar: -para el mar todo son islas, unas más grandes y otras más pequeñas, el mar no sabe de países o continentes, en definitiva, no sabe de territorios y ante la duda, rodea todo lo que no es mar para indicar quien manda aquí. El día que se canse de nosotros simplemente desapareceremos-

La geografía de todo el planeta se dibujaba en el cuerpo de la princesa y Martín escuchaba a su madre contar la historía de su amiga la princesa feérica, que viajaba por el mundo con su gorro cónico haciendo suscripciones a revistas. – Mira Martín, aquí está ahora mi amiga- le decía mientras señalaba un lunar en el borde de su cadera, -en una ciudad llamada Madrid situada en el Oeste de la isla Eurasia, se va a quedar un tiempo por allí porque dice que donde de verdad hacen falta las hadas es en las grandes ciudades, y en Madrid… ni siquiera hay mar-

El camarero de los ojos pintados, era el padre de Martín, trabajaba en un CÍRCULO de reunión creativo clandestino. Gente de todo el mundo frecuentaba aquel CÍRCULO. Algnas veces tocaban instrumentos y tomaban cervezas, algunas veces proyectaban películas y tomaban cervezas, algunas veces bailaban y tomaban cervezas, algunas veces, las mejores, se sentaban a escuchar al camarero de los ojos pintados mientras tomaban cervezas, y otras veces  sólo tomaban cervezas.

Martín no hablaba, escuchaba, observaba y tocaba, pero no hablaba. Su máxima expresión de cariño la manifestaba dando un cabezazo.
En la casa había una guitarra a la que nadie hacía caso, puede que llevara en la casa más que ellos incluso, y, Martín, que creía en los objetos tanto como en los humanos, pensó que era un desperdicio que la guitarra no hiciera aquello para lo que estaba destinada y comenzó a tocarla y a usarla como medio de comunicación con el mundo parlante.
Así Martín no hablaba pero sonaba, y sonaba distinto cuando estaba contento, que cuando estaba cansado, enfadado, asustado o eufórico.

Una tarde Martín sonó igual que una despedida. La princesa IS(l)A le preparó una maleta geográfica y el camarero de ojos pintados le metió dentro sus mejores cervezas. Martín se despidió con un fuerte cabezazo y abandonó la isla pequeña en un barco de piratas.
Como Martín sabía observar, escuchar y tocar mejor que nadie, aunque no hablara, en seguida aprendió el intrincado oficio de asalto con guitarra y se convirtió en un auténtico filibustero.

Un día como otro cualquiera, de esos días en que el mar es de todos los colores exceptuando el azul, un prometedor barco se cruzó con el suyo. Sus compañeros rapidamente se pusieron sus ropas de piratas y sus complementos: el sombrero de ala ancha, un parche en un ojo, un garfío en la mano, una pata de palo, un loro en el hombro y una botella de ron. -La puesta en escena es fundamental para el abordaje- decía siempre el capitán.

Martín cogió su guitarra y cuando se dispuso al acto del saqueo, una chica preciosa y azul se le cruzó y le enamoró al instante. No pudo evitar coger carrerilla y arrearle un fortísimo cabezazo. La chica de azul con chichón incipiente cayó al suelo del impacto. Martín, preocupado, no sabía si la habría matado de amor. El resto de los piratas abandonaron el barco con el botín mientras él se quedó guardando a la chica de azul con chichón. La chica de azul con chichón cada vez más morado despertó, y al ver al pirata Martín dio un grito que se oyó en todas las islas del mar y que duró hasta que se quedó sin voz para siempre.

Martín cogió la guitarra y tocó algo que hablaba de tranquilidad, de felicidad y también de amor.

La chica azul con el chichón amarillo ya, sacó de su bolsillo una armónica y tocó algo que hablaba de susto, de dolor en la cabeza, de enfado, y después de tranquilidad, de felicidad y también de amor.