Hay que aceptarlo, ya no oigo la música. Hoy es 27 de mayo, y desde el 31 de abril, que me mudé, habré dormido en total unas 7 noches en Magdalena. No he comido ningún día allí, no he cenado ningún día allí. En realidad no vivo allí. No vivo en ningún sitio porque estoy intentando, como hacía superman cuando daba vueltas al mundo para salvar a Lois, no dejar de oir la música, o peor aún, no darme cuenta de que en realidad ya no hay música.
Así que procuro estar con personas que suenan aunque no hagan ruido. y por eso aunque me encanta la serie de Dexter, prefiero ver con la Estero un capítulo que todavía no debería ver porque me cargo la serie, que no el capítulo que debería ver, yo sola, y Estero se enfada conmigo, y quita la serie y me dice: ¡¡Que te vas a enterar de todo!!, y yo la digo que no me importa. Pero no me entiende. Y tampoco yo se lo sé explicar, o a lo mejor me da vergüenza, no sé.
Ayer fui a ver a Racalmuto en el Central, el jueves iré a ver a Jorge Pardo en el Bogui, y el viernes a Blas Rivera en el Johny. Oyendo la música de los otros, se me olvida que la mía ya no suena, y aún así, después de los bises, tendré que decidir dónde duermo esa noche y sé que necesitaré muchas más cervezas, hasta que suene un click en mi cabeza (como decía Paul Newman en “la gata sobre el tejado”), y pueda ir a mi casa, que no es mi casa porque no vivo allí.

Y podría seguir así eternamente, tratando de distraerme de lo que está ocurriendo mientras silbo “perfidia”, pero esa, tampoco es mi canción.