Cuando mi cabeza no puede más le pide ayuda a mi cuerpo.

– es que tú ¿siempre tienes que hacer todo a la vez?
-si… yo siempre
– es que no tienes cabeza, que me dices de la seguridad, la responsabilidad, del deber, ¿te lo saltas todo a la torera?
– si merece la pena, sí, me lo salto
-¿no te da miedo?, ya tienes casi teinta años
-estoy acojonada…

y algo se rompió.
fue mi tripa, mi tripa explotó y me retuvo en el retrete durante dos horas. estaba empapada en sudor y tenía miedo de desmayarme, como aquella otra vez: aquella vez haciendo el fin de carrera que me desperté con el cuerpo dolorido, mi cabeza contra los baldosines del baño, mi pantalón bajado y yo sin recuerdos.
En el médico me tuvieron cuatro horas, me hicieron todas las pruebas del mundo y concluyeron que era solo estres. Me pareció una tontada y una falta de respeto ningunear de ese modo al estres, porque yo nunca había pasado tanto miedo y si el estres había sido capaz de dejarme sin conocimiento durante treinta minutos, me preguntaba qué más sabría hacer…

Parecía que, como aquella otra vez, mi tripa reaccionaba ante el estres y llamó a los otros cuatro jinetes del apocalispsis para garantizar su mensaje:
dos jinetes con los caballos más bravos recorrieron mi espalda de arriba a abajo desde la nuca hasta el culo, una y otra vez con aquella herraduras de acero clavándoseme en la carne, sin descanso, toda la noche. al día siguiente, me dolía respirar.

El propio demonio se adentró en mi cuerpo: TOSferatu. se agarró a mi pecho y modificó mi timbre de voz hasta que hablaba a través de mí. De su mano iban otros agentes del mal: los mocos y el dolor de cabeza y juntos,  tomaron la parte derecha de mi cuerpo y me dejaron medio ciega, medio sorda y atrofiaron mi sentido del gusto y del olfato.

El último jinete llevaba la peor de las tempestades: delirius tremendus. Mi cuerpo empezó a calentarse, y no como respuesta a un estímulo erótico, sino porque sí. Se me cuartearon los labios y Tosferatu comenzó a jurar en arameo a través de mi dulce boca: MALDITO RUIDOOOO, MIERRRDA DE LUZ

Entre todo aquello, me di cuenta de que tenía un superpoder: el tacto. quería tocarlo todo y que todo me tocara…ah ese vaso de agua de cristal,  de cristal gordo, redondeado en sus bordes para que toque mi lengua con cuidado. y el agua, el agua fresquita bajando por mis interiores corporales, la sentía llegar hasta mi estómago. y las sábanas más suaves que nunca me tapaban con cuidado.

ya lo entendí: mi superpoder era el TACTO, a pesar de que siempre he destacado por mi abusiva sinceridad, por mi excesiva naturalidad en todo momento o por mi carencia de formas, aun con esas,  me di cuenta de que tenía mucho más tacto con los otros del que los otros tenían conmigo, y si no… ¿a que venía ese MALDITO RUIDOOO Y ESA MIERRRDA DE LUZ?.