Era una exploradora. Iba en su moto con su casco rojo mirando los edificios, las distancias entre ellos, las figuras que describian las cornisas antes de llegar al cielo; y luego, se imaginaba que restituía los vacíos y obtenía arquitecturas de llenos que variaban según su posición.
Caminando alrededor de las cosas, conseguía que las líneas de fuga entre tanta masa se superpusieran y generaran planos bidimensionales, los dibujaba en su cabeza, y esperaba sentada. Esperaba a que algún acontecimiento la deslumbrase y, eso, sucedía siempre. No podía evitar sonreir en alto después.
Las cosas eran fáciles para su cabeza, pero las personas eran imposibles, perfectas como elementos compositivos e indescifrables como fuente emocional. veía a mujeres fuertes y preciosas y a hombres sencillos, claros y rotundos convertidos en seres complejos llenos de necesidades y de inseguridades.
Casco rojo decidió hacerse mujer, sin abandonar nunca la exploración y sin quitarse su casco, y conoció a personas que le gustaban siempre, a otras que nunca y a otras que a veces.
Del mismo modo amó excesivamente a algún varón, y se moría de miedo pensando que alguna mañana su contraparte se levantaría, obtendría el éxito y desearía a otra, o a varias, más jóvenes, más guapas.
Caso rojo siguió luchando, explicando y trantando de convencer, con sus palabras y sus manos, a los que quería siempre que el vacío interior no lo llenaban cinco rubias o ser como la de la foto, que la belleza no excluía a los guapos, pero que también era caminar por la calle fuencarral los domingos cuando la cortan entre quevedo y bilbao, que también era bajar al Central y escuchar a Racalmuto, y pasear por la Latina con sol, y ver a esa chica que tiene una cinta en la cabeza, que mira distraida y pide una clara y sonríe al camarero y el camarero la sonríe y ella sin dejar de sonreir y sin dejar de mirarle bebe un poco de su clara y luego deja que se vaya a hacer sus labores porque sabe que volverá a hacerle un requiebro.
Pero casco rojo no era casco azul, así que dejó de interceder.
Se miró al espejo y salvo por su casco rojo se vio igual al resto, llena de inseguridades y necesidades: una cara normal, un cuerpo normal, algunas canas, algunas celulitis, ojeras y una piel demasiado blanca.
un millón de cremas no iban a cambiar nada, un millón de euros no iban a cambiar nada, un millón de aplausos tampoco. podía intentar jugar a ser guapa y exitosa e ignorar todo lo demás, o… subirse en su motillo y seguir explorando, total, el casco ya lo tenía puesto.

7 comments
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Abril 13, 2008 a 5:36 pm
Juan
Es lo que tienen esos dias que miras tu vida hacia atras y luego hacia delante y te recorre un escalofrio … pero con o sin casco , estan esos detalles que te acompañan a diario y forman parte de ti y cuando te miras al espejo, comprendes que al fin y al cabo eres tu , sonries por lo que eres y por lo que tendras, y ese dia se convierte en un gran dia…
Y no creas, cerca de los cuarenta, tambien ocurre … Un besazo .
Abril 14, 2008 a 7:04 pm
Chely
Pero lo mas importante de todo, es que Casco rojo esta llena de vida.
Abril 14, 2008 a 7:55 pm
Ana
Ya me has dejado pegada con lo de las “líneas de fuga entre tanta masa se superpusieran y generaran planos bidimensionales”. Lo que yo digo, de otro mundo. Un beso.
Abril 14, 2008 a 9:02 pm
andyesisaidyesiwillyes
ggg, ana, que graciosa. ya sabes lo mío pura deformación profesional
Abril 15, 2008 a 11:17 am
vane
…estoy contigo….lo mejor q podemos hacer a estas alturas de la vida…es seguir viviendo!!!!!!!!!
…ahora ya sabemos q no hay nada q una buena tostada con tomate y aceite de oliva extra no pueda apaciguar…
un beso gordo niña!!!
Abril 15, 2008 a 6:28 pm
Rosa
Hola. Me he contrado tu blog por casualidad y me ha gustado mucho, un saludo y sigue así.
Abril 16, 2008 a 10:34 pm
Sr. Capullo
Tengo muchas amigas (Sólo hay que darse un paseo por mi blog para verlo) y muchas son de treinta… bueno… treinta y unos cuantos. Algunas treinta y todos. Todas, sin excepción, han pasado por la crisis dichosa… pero puedo asegurar que es la descripción de la crisis más original que he visto nunca.
Discrepo en una cosa (en varias a decir verdad, pero esas prefiero decírtelas en directo). Un millón de euros sí que cambiarían algo… y un millón de aplausos también..
Un beso casi treintañera….